Alguien me
preguntó alguna vez qué era lo que más me había impactado durante mis primeros
días en Beijing, y sin dudarlo le respondí: “la enorme cantidad de gente y la
sensación de saturación”. En esta ciudad uno casi nunca puede quedarse solo,
normalmente siempre hay gente en cualquier lugar y durante casi todo el día.
Si voy al
metro, siempre está lleno. Si voy a la estación de trenes, siempre está llena. Y
si voy a un museo, ¡sí, adivinaron!, ¡siempre está lleno!
Y los días
de fiesta nacional o durante las vacaciones la situación empeora, pues Beijing
recibe a muchos visitantes. Alguna vez, durante el Día Nacional de China, se me
ocurrió ir a Tian’anmen y el metro estaba a reventar; además, la estación
estaba cerrada, y tuve que bajarme una parada después. Caminé en medio de miles
y miles de personas, lentamente, a cuentagotas, y por fin, después de casi dos
horas, pude recorrer los poco más de 500 metros que separaban la estación del
metro de la Plaza
de Tian’anmen, Nunca había sentido tal ahogo, tal saturación. Pero hay que
aceptarlo, hay más de 20 millones de almas en Beijing, aunque a veces pareciera
que se multiplican sin cesar, como en aquella escena del mago Mickey Mouse en Fantasía.
Para los
amantes de la soledad o los intolerantes a las aglomeraciones, Beijing no es un
destino adecuado.