En mis primeros días en Beijing, dejé en la mesa de un restaurante
algunos yuanes, muy pocos en realidad, y me enfilé hacia la calle. Unos
segundos después escuché que alguien me gritaba. Miré hacia atrás y vi que era
uno de los meseros, el cual agitaba en su mano los billetes que dejé. Pensé en
ese momento que quizá debí dejar más propina o que hubo un error con la cuenta.
Pero no, el hombre sólo quería devolverme los billetes. Parece que dejar
propina es como un insulto, una humillación a su trabajo. Yo no lo veo así,
pero me alegró saber que aquí mi bolsillo no sangraría con el 10 o 15 por
ciento de propina que se suele dejar en otros países, como México.
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| Foto tomada de estaentumundo.com |
